Las caras desconocidas del maltrato
La palabra ‘maltrato’ lleva dentro la bofetada en el ojo amoratado, en el labio partido y en las marcas del cuerpo. Un mapa de dolor trazado sobre la piel.
Es la cara evidente del maltrato. Maltrato físico. Maltrato psíquico.
Hay otros, otras caras desconocidas de un maltrato que no deja huellas visibles sobre la carne femenina, sobre el cuerpo de los más débiles. Por eso son poco apetecibles para la curiosidad obscena de los medios.
La palabra ‘maltrato’ lleva dentro, por la evidencia fónica de la t con la r, la bofetada en el ojo amoratado, en el labio partido y en las marcas del cuerpo. Un mapa de dolor trazado sobre la piel.
Es la cara evidente del maltrato. Maltrato físico. Maltrato psíquico.
Hay otros, otras caras desconocidas de un maltrato que no deja huellas visibles sobre la carne femenina, sobre el cuerpo de los más débiles. Por eso son poco apetecibles para la curiosidad obscena de los medios.
Hay maltrato por desinformación. Es decir, por exceso de información. Es decir, esa censura sibilina que se ejerce bombardeando con tanta información que niños y no tan niños no puede asimilarla, ni digerirla, ni descodificarla, ni analizarla, ni organizarla desde lo importante hasta lo irrelevante. Es el maltrato del ruido disfrazado de información. He aquí a nuestros hijos cargados con mochilas gigantescas de mensajes, de clases de inglésfrancésalemán, judo, Internet, catequesis varias, danza, música, informática, pintura, clases de apoyo pero sin un gramo de sentido de unos padres que con tanto aprendizaje les obligan a olvidarse que son niños.
Cara terrible y desconocida del maltrato es la que aplasta a los invisibles. Por ejemplo a los discapacitados que apenas vemos por las calles. Quizás porque ya renunciaron a participar en la carrera de obstáculos que supone una ciudad sembrada de obstáculos. Pero si duras son las barreras físicas, todavía son más altas las que se atrincheran en los ojos de los que renunciaron a ver.
Alertan los sociólogos y psicólogos infantiles de otra forma de maltrato que se está consolidando y que es difícil de creer: la de los hijos que maltratan a sus padres, la de los rapaces que golpean a la madre porque se niegan a crecer, porque quieren seguir viviendo en esa etapa templada y castradora del capricho donde caben todos los derechos del mundo, pero ninguno de los deberes que vertebran la personalidad. También la sociedad maltrata a los padres exigiéndoles cada vez más en relación con la educación de los hijos y, al mismo tiempo, condenándoles a largas jornadas de trabajo que roban tiempo de educación y de presencia en la casa.
Maltrato es también el exceso de sobreprotección que padres y madres con vocación de gallina clueca ejercen sobre sus hijos. Tantos esfuerzos y preocupaciones, tanto dinero, tanto tiempo y tantos desvelos, tanto hacer de taxistas y criados de estos reyes-niños para acabar consiguiendo perfectos idiotas. Cualquiera puede verlos instalados en el presentismo de un carpe diem que se niega a preparar el futuro. Los sueños de esta sociedad desquiciada están produciendo pequeños monstruos con complejo de ombligo: ¡Quiero todo y lo quiero ya! Pues hay padres que se lo dan.
Hay que anotar otro maltrato, el que ejerce la ciudad expulsando a los más pequeños de la calle, negándoles espacios para un ocio decente. Y justamente cuando más necesitan el aire libre, las gotas de lluvia, el sol que crece en la libertad de la calle, ese escenario imprescindible para el juego. Como todo el mundo sabe el juego es el ‘trabajo’ que tiene que hacer el niño para empezar a construirse como persona.
La salud de una ciudad está en relación directa con la presencia de los niños en la calle. Cuando una ciudad condena a sus hijos más pequeños a vivir largas horas del día encerrados en su habitación con la única libertad virtual de escapar por la pantalla da televisión está construyendo una sociedad enferma y maltratadora. La nuestra.
Existe el maltrato de la mentira amplificado por la catequesis machacona de la publicidad: todo puede conseguirse sin esfuerzo, dicen. Desde aprender el idioma más difícil hasta adelgazar sin mover un músculo. Dicen. Sin esfuerzo. Maltratados por estas mentiras hay bobos que lo creen. Aviso para padres: nada decente puede conseguirse sin esfuerzo.
Existe el maltrato de la diversión a todas las horas del día de la semana del mes del ano. ¡Divirtámonos hasta morir! Es el slogan de una pedagogía para alienados. Muchos de nuestros muchachos piensan que sólo la novedad y la sorpresa resultan interesantes, de tal manera que un exceso tal de estimulación acaba apagando el deseo y la curiosidad en una etapa que debería ser un volcán de deseos, heterodoxias y curiosidad. Así está ocurriendo que la generación más estimulada de la historia es, al mismo tiempo, la más apática, una masa uniformada de rebeldes sin causa.
Y una última forma de maltrato en nuestra sociedad gallega aún con fuerte poblamiento rural: la soledad de los más pequeños. De hijos únicos de la familia pasaron a ser hijos solos. Son los hijos únicos de la aldea, sin posibilidades de juntarse, gritar, correr, reír, hablar, jugar y reñir con sus iguales. Niños de aldea condenados a vivir en un mundo de adultos, con gustos, palabras y ritmos de viejos. Que el territorio de su infancia sea un asilo de ancianos es una forma terrible de maltrato. Maltrato que también sufren los abuelos viendo cómo se derrumba el mundo que construyeron con tanta renunciación y que nadie va a heredar.
El maltrato tiene huellas evidentes, algunas se escriben sobre la piel y la carne de las víctimas, y podemos leer sus tragedias en los periódicos. Otras, desconocidas, dejan cicatrices bien profundas, porque se escriben sobre la memoria de los que un día sólo querían ser niños
Autor: Juan Antonio Pinto Antón
Fecha: 2006-05-15 12:09:19
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