En el rural, la casa tiene nombre propio
En la casa transcurre buena parte de nuestra vida. Allí nacemos y morimos. Comemos allí cada día, cada noche dormimos. Dentro de casa recorremos a diario el largo camino que nos va a construir como hombres y como mujeres. Y lo hacemos paso a paso.
Pocos elementos hay en nuestra vida con tanta importancia como la casa en la que vivimos, nuestra casa.
Fui a casa, estuve en casa, comí en casa, pasad por casa. La casa es el epicentro de la vida cotidiana. De casa salimos cada día. Y a casa volvemos.
En la casa transcurre buena parte de nuestra vida. Allí nacemos y morimos. Comemos allí cada día, cada noche dormimos. Dentro de casa recorremos a diario el largo camino que nos va a construir como hombres y como mujeres. Y lo hacemos paso a paso.
La casa está siempre construyéndose, siempre mejorando. Consume grandes cantidades de dinero. Es motivo constante de preocupación, porque pasamos muchas horas del día allí y queremos el mejor bienestar, la mayor comodidad para los nuestros.
En las zonas rurales la importancia de la casa todavía es mayor. A veces hasta cambiamos los apellidos por el nombre de la casa, como señal de identidad y de pertenencia: somos de esa casa.
La casa es mucho más que un edificio con las paredes, puertas y ventanas, tejado. Está ubicada en un lugar muy concreto, en un paisaje determinado. La configuración de sus elementos externos, de su estructura interna, los materiales con los que está construida, influirá hondamente en nuestra vida.
La casa tiene una notable potencia integradora. Allí somos nosotros mismos, con nombre y apellidos, con rostro e identidad. Allí estamos siempre en contacto con la realidad, con los espacios que medimos inconscientemente, con los ruidos y con los sonidos que nos rodean amueblando nuestros recuerdos más nítidos, con los olores que se agarran con fuerza a la memoria, y con las formas de los objetos tan cotidianos, tan familiares.
La casa, nuestra casa, está situada en un paisaje único. Salimos de ella y tenemos la visión de un horizonte propio. Miramos por la puerta y desde allí podemos ver un trozo de un mundo muy concreto. Todo un paisaje estético y distinto rodea nuestra casa: los prados y los árboles, los colores y las formas, los sonidos, las piedras, el río cercano, las montañas a lo lejos.
Allí, en casa de cada uno, es más fácil estar, y ser, y pensar. En la casa tenemos un determinado modo de vivir y de actuar. En definitiva, allí florece toda una cultura que pasa de adultos a niños.
La casa es el primer y más importante lugar de aprendizaje: allí surgen los primeros y fundamentales conocimientos que fundamentarán todo lo que aprenderemos en el futuro, de tal manera que si fallan los cimientos de los primeros años, fallará toda la construcción de la persona.
En la casa vivimos personas diferentes: adultos y jóvenes, viejos y niños, mujeres y hombres relacionados todos por fuertes lazos de sangre y de afectividad. En el seno de esa pequeña comunidad cada cual va encontrado su sitio, estableciendo con los demás una urdimbre de relaciones precisas y enriquecedoras.
Todos nos rozamos con todos, vivimos juntos, aprendemos unos de otros, nos relacionamos. Nos construimos como individuos en el seno de una pequeña sociedad conocida y llena de cariño y apoyo mutuo.
Dentro de casa viven personas distintas. Es un espacio abierto donde circula la sangre cultural de varias generaciones. La palabra va y vuelve imparable por la casa poniéndonos en comunicación. Para los más pequeños, la palabra es una herramienta formidable de conocimientos: da nombre a las cosas, educa y acaricia, descubre el mundo, da forma precisa a nuestros pensamientos.
La casa funciona como un espacio seguro al que siempre podemos volver. La casa es la base para las primeras conquistas y para el conocimiento inicial del mundo exterior: la geografía próxima, las otras casas y las gentes, la vecindad, el pueblo.
Nuestra casa es ésta. Es única en el mundo. No hay otra igual. Aquí vivo yo, con mi familia, en mi casa.
Es tan importante que, a veces, y sobre todo aquí, en Galicia, hasta tiene nombre propio.
Autor: Juan Antonio Pinto Antón
Fecha: 2007-07-03 11:01:49
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